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POEMA RECITADO VOZ DEL CORAZON - LETRA Y VOZ MARIA RIAL (ISSISORA)

POEMA RECITADO VOZ DEL CORAZON - LETRA Y VOZ MARIA RIAL (ISSISORA)

domingo, 20 de enero de 2013

Chopieta (autor Xilos)



Chopieta. Ese era su apellido. Ramón Chopieta Berenguer su nombre completo. Pero nadie que se sepa lo sabía; todos le llamaban Gómez.

Gómez era algo menudo, de rostro corriente y de esa edad madura que te hace dudar para encuadrarlo en un determinado tramo de años y al fin lo haces con una década y media de frontera entre las posibilidades. Gómez tenía una característica muy especial. Un problema dirían algunos, un defecto grave si se profundiza dirían otros. Resulta que no podía parpadear. Gómez nunca parpadeaba; no podía cerrar los ojos. Ni de noche ni de día.

Chopieta, Gómez como hemos dicho antes, tenía también costumbres raras, inauditas, casi inverosímiles. Costumbres, que al pronto, nadie entiende, sólo él.

Chopieta, perdón Gómez, huele a antiguo, a rancio y a impermeable con toque de alcanfor. Padece alopecia y tiene una hermana monja en Albacete, como don Mamed, el del Café de Artistas mencionado por don Camilo, el de la Colmena, claro.



Una de las costumbre que tiene es que se tapa los ojos con el dorso de la mano; un segundo, quizás menos; luego, al instante como hemos dicho, se ayuda de la mano izquierda para bajar la derecha que ocultaba sus irritados ojos, siempre enrojecidos pese a la cantidad de colirios usados. Gómez ha visitado muchísimos oftalmólogos, sin resultado menos para sus bolsillos; una auténtica ruina. También neurólogos, pero tampoco. Incluso podólogos, pero nada daba resultado para remediar su insólita dolencia: la imposibilidad del parpadeo. Una cuestión tan corriente, tan usada miles de veces al día y sin embargo, para el pobre de Gómez, un martirio atroz. Si alguien se hubiese parado a pensar esto no vería tantas rarezas en las actitudes del pobre infeliz. Y es que de alguna manera tenía que aliviar sus ojos en las horas de vigilia; ahora una mano tapa, después la otra destapa. Aunque este último punto sí que era extraño, ¿por qué no bajaba la mano derecha sola? Si nos hubiésemos molestado lo más mínimo hubiésemos averiguado que, de tanto subirla y bajarla, se había provocado incontables contracturas en el lado derecho del cuello, por eso se ayudaba con la otra. Por las noches era más fácil, se echaba sus gotas y se vendaba los ojos con una tela negra. De buena gana hubiese estado así siempre, pensó más de una vez,  como un ciego; su bastón, su lazarillo…. Quizás sería otra vida, pero nunca se atrevió.

Con el tiempo, y esto que vamos a contar es lógico por las circunstancias, el estrés le hizo incurrir en otra rareza, en otro tic, y es que, cuando usaba la mano izquierda para ayudar a la derecha a bajar le provocaba tal ansiedad que, una vez vuelta la mano derecha a su lugar, el que fuese en ese momento, giraba la siniestra con cierta violencia en una suerte de voltereta, como si diese paso a alguien  que viniese desde atrás, esto, a su manera, le aliviaba en algo su desazón, como esos chamanes que sacuden contundentemente ramajos para espantar los malos espíritus. Pero a la larga lo que realmente provoco fue una espiral imparable, y lo que al principio fue una voltereta, con el tiempo, fueron varias.



A Gómez le gustaba desayunar en el café Bulevar, establecimiento con cierto aire de añoranzas a tiempos pasados: sillas de madera, mesas con patas de hierro y tapas de mármol, ventiladores en el techo….. Sí, a Gómez le gustaba aquello, por eso demoraba mucho tiempo allí. Y es que desde hacía años, nadie sabía cuántos, tenía concedida la invalidez laboral. Todavía recordaba el juicio que tuvo que soportar ante el tribunal. No bastó con el sinfín de certificados médicos que presentó, ni con el testimonio de jefes y compañeros que declararon que la situación en la oficina era extrema. No, no bastó, tuvo que pasar la humillación de verse observado por todo el tribunal y sus adjuntos. Los médicos declararon: -“esa dolencia la tiene cierta población, muy reducida desde luego, y obedece a determinados y distintos orígenes, más o menos complicados, más o menos graves, pero la del señor Chopieta no; la del señor Chopieta es muy extraña. No se sabe de dónde viene ni a dónde podría conducir en un futuro más o menos próximo. Además, cada vez va a más. El historial marca que todo empezó cuando era pequeño. Con molestias menores, y ahora ya ven ustedes”-. Pero de poco sirvieron los dictámenes de los doctores; en un momento determinado, el presidente y el secretario de la sala se levantaron para observarlo de cerca. Se pusieron a menos de medio metro y le preguntaron -“¿Señor don  Ramón Chopieta Berenguer, jura usted que no puede parpadear bajo ningún concepto y que sus continuos manejos de manos son irreprimibles?”- Gómez en ese preciso instante miró hacia atrás, puesto que al no reconocerse en el nombre nombrado por el presidente quiso buscar al tal Chopieta. Desconcertado, los dos letrados se miraron con incredulidad y decidieron tácitamente acercase más al examinado Chopieta. Esta vez a escasos centímetros de su cara. Gómez alargó el cuello a modo de tortuga como si en su interior  hubiese escuchado alguna instrucción inconclusa y se quisiera enterar mejor, lo otros dos, por mimetismo hicieron lo mismo, por lo que la distancia ente los tres se redujo grotescamente. La fatalidad quiso que, en ese preciso instante, Gómez alzase la mano para taparse los ojos. El golpe en la nariz del presidente fue casi de arte marcial, de abajo hacia arriba, provocándole una pequeña hemorragia. El secretario, petrificado, sólo reaccionó al recibir tres bofetones fruto de las tres volteretas de la mano izquierda. Transcurrido unos instantes de desconciertos y con más precauciones, volvieron al intento, no sin antes haber cuchicheado entre ambos. Tenían una duda ¿y si Chopieta parpadeaba justo cuando ellos parpadeasen?, no se darían cuenta. Decidieron que el presidente miraría a Chopieta y el secretario miraría al presidente, para, a la vez, poder ver si éste parpadea. El experimento fue resuelto en poquísimo tiempo, dado que a Gómez le entraron ganas de “parpadear nuevamente”. Como corolario una nueva hemorragia para uno y unas sonrojadas mejillas para el otro. Gómez, ante aquello, no pudo dominarse. Perdió los estribos y se puso a gritar que no podía parpadear, que no podía siquiera cerrar los párpados,¡nunca! ¡nunca! Y se puso a llorar, a su manera, claro, dado su imposibilidad para volcar una sola lágrima emitía unos sonidos sobrecogedores que parecían salir de sus más profundas entrañas y que recordaban a un león marino en celo.

Salió de la sala del tribunal primero, y del edificio administrativo después, sintiéndose más que observado. Con la humillación colgada como un San Benito corría más que andaba buscando el refugio de su casa. Llegó, se vendó y se acostó. Creemos que no se levantó en varios días, solo, y a tientas, para usar el baño. Días después se enteró de que le habían concedido la invalidez.





Gómez se siente muy sólo, no tiene familia. Es huérfano desde la infancia, igual que su hermana, la del convento. Por no tener  no tiene ni mascota, una vez tuvo un pájaro, pero imagínense ustedes como pudo terminar la historia. Por eso se entretiene en lo cotidiano, para alargarlo, para prolongarlo al extremo. Por eso sus tiempos en el café le parecen interminables a Sara, la amable camarera que le atiende normalmente y a la que Gómez, a veces, trae por la calle de la amargura. En una ocasión, en una de sus espirales de aspavientos, llegó a cogerle una teta, una noventa y poco para más datos. Él se sonrojo sobremanera, ella hizo como que no pasó nada. Gómez soñó esa noche que era Chopieta y que no cogía una teta, sino las dos.

Eran muchos los altercados que ocurrían en el Café Bulevar. El café derramado, el periódico arrugado hasta el extremo, los pantalones manchados al salir del servicio, la bandeja de Sara que volaba con los restos de varios desayunos… el tic sobrevenía en el momento más inoportuno.



El problema, su problema, lejos de mermar en su intensidad iba in crescendo. Cada vez peor. Gómez intentaba recordar cuándo le empezó toda aquella terrible pesadilla. Era muy pequeño, casi ni se acuerda, y le afectaba pero no en un grado extremo. Poco a poco, con el transcurrir del tiempo, la cosa fue empeorando. Hasta llegar e la situación actual; la peor, por supuesto. Ya no sabía si lo más infame era aquello o el progresivo deterioro de su estado de ánimo; también cada vez más lastimoso.



La situación llego a su clímax un día cuando, raro en él, decidió comprar un cupón de la Once, quizás por matar el tiempo, quizás por entablar conversación. El ciego vendedor palpaba la ristra de cupones que tenía colgados con un alfiler de ropa de una especie de trípode casero. Trasteaba con cierta parsimonia cuando, de repente, Gómez tuvo otro parpadeo. Rompió por los menos cinco o seis tiras, derribó el soporte, abofeteó al ciego y de los nervios se puso a taconear, como en una especie de rabieta infantil. De un grupo de japoneses que pasaba cerca se aproximaron dos o tres, los cuales no paraban de tirar fotos mientras exclamaban olés, confundiendo todo aquello con una suerte de baile flamenco callejero. Un transeúnte que pasaba por allí cogió a Gómez por la solapa, pensando que estaba atacando al pobre ciego. Gómez, coronado de nervios, volvió a lo suyo y volvió a tirar las ristras  de cupones, a golpear al ciego, a pisotear al transeúnte y a emitir esos sonidos guturales tan suyos. La cosa no fue a más, pero, a partir de entonces, evitó pasar por aquella calle.



Un día cualquiera llegó a la cafetería, aun desde la acera vio a Sara que le sonreía tras la cristalera, ¿o quizás fuese a otro cliente? Se puso nervioso, se acordó de la teta y vio su propio reflejo sobre el cristal; primero se tapó los ojos con la mano derecha, después la mano izquierda bajaba la diestra hasta la cintura, acto seguido la siniestra dio tres volteretas a la par que taconeaba seis o siete veces. Emitió aquel sonido sobrecogedor y salió despavorido. Lo último que vio fue su propio reflejo y la silueta de Sara.



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Hipólito es el conductor de la línea cinco. Lleva más de treinta años de oficio. Y por lo menos cinco o seis en esa ruta. Nunca había tenido ningún percance grave, tan sólo alguna incidencia menor, un pequeño frenazo, una parturienta que rompe aguas… Ahora, con el público del autobús desalojado, no cesaba de mesarse hacia atrás, nervioso, muy nervioso, su escasa cabellera. Casi lloraba de la impresión. No paraba de moverse de izquierda a derecha y de derecha a izquierda mientras un policía le tomaba declaración. –“No sé ni como ocurrió”-, dijo al agente mirando el bulto tapado con una manta  -“No sé ni como ocurrió, sólo sé que de repente se me vino encima este pobre infeliz, quizás ni me vio, iba haciendo cosas muy extrañas, moviéndose de forma extravagante”-.

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