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POEMA RECITADO VOZ DEL CORAZON - LETRA Y VOZ MARIA RIAL (ISSISORA)

POEMA RECITADO VOZ DEL CORAZON - LETRA Y VOZ MARIA RIAL (ISSISORA)

domingo, 20 de enero de 2013

Chopieta (autor Xilos)



Chopieta. Ese era su apellido. Ramón Chopieta Berenguer su nombre completo. Pero nadie que se sepa lo sabía; todos le llamaban Gómez.

Gómez era algo menudo, de rostro corriente y de esa edad madura que te hace dudar para encuadrarlo en un determinado tramo de años y al fin lo haces con una década y media de frontera entre las posibilidades. Gómez tenía una característica muy especial. Un problema dirían algunos, un defecto grave si se profundiza dirían otros. Resulta que no podía parpadear. Gómez nunca parpadeaba; no podía cerrar los ojos. Ni de noche ni de día.

Chopieta, Gómez como hemos dicho antes, tenía también costumbres raras, inauditas, casi inverosímiles. Costumbres, que al pronto, nadie entiende, sólo él.

Chopieta, perdón Gómez, huele a antiguo, a rancio y a impermeable con toque de alcanfor. Padece alopecia y tiene una hermana monja en Albacete, como don Mamed, el del Café de Artistas mencionado por don Camilo, el de la Colmena, claro.



Una de las costumbre que tiene es que se tapa los ojos con el dorso de la mano; un segundo, quizás menos; luego, al instante como hemos dicho, se ayuda de la mano izquierda para bajar la derecha que ocultaba sus irritados ojos, siempre enrojecidos pese a la cantidad de colirios usados. Gómez ha visitado muchísimos oftalmólogos, sin resultado menos para sus bolsillos; una auténtica ruina. También neurólogos, pero tampoco. Incluso podólogos, pero nada daba resultado para remediar su insólita dolencia: la imposibilidad del parpadeo. Una cuestión tan corriente, tan usada miles de veces al día y sin embargo, para el pobre de Gómez, un martirio atroz. Si alguien se hubiese parado a pensar esto no vería tantas rarezas en las actitudes del pobre infeliz. Y es que de alguna manera tenía que aliviar sus ojos en las horas de vigilia; ahora una mano tapa, después la otra destapa. Aunque este último punto sí que era extraño, ¿por qué no bajaba la mano derecha sola? Si nos hubiésemos molestado lo más mínimo hubiésemos averiguado que, de tanto subirla y bajarla, se había provocado incontables contracturas en el lado derecho del cuello, por eso se ayudaba con la otra. Por las noches era más fácil, se echaba sus gotas y se vendaba los ojos con una tela negra. De buena gana hubiese estado así siempre, pensó más de una vez,  como un ciego; su bastón, su lazarillo…. Quizás sería otra vida, pero nunca se atrevió.

Con el tiempo, y esto que vamos a contar es lógico por las circunstancias, el estrés le hizo incurrir en otra rareza, en otro tic, y es que, cuando usaba la mano izquierda para ayudar a la derecha a bajar le provocaba tal ansiedad que, una vez vuelta la mano derecha a su lugar, el que fuese en ese momento, giraba la siniestra con cierta violencia en una suerte de voltereta, como si diese paso a alguien  que viniese desde atrás, esto, a su manera, le aliviaba en algo su desazón, como esos chamanes que sacuden contundentemente ramajos para espantar los malos espíritus. Pero a la larga lo que realmente provoco fue una espiral imparable, y lo que al principio fue una voltereta, con el tiempo, fueron varias.



A Gómez le gustaba desayunar en el café Bulevar, establecimiento con cierto aire de añoranzas a tiempos pasados: sillas de madera, mesas con patas de hierro y tapas de mármol, ventiladores en el techo….. Sí, a Gómez le gustaba aquello, por eso demoraba mucho tiempo allí. Y es que desde hacía años, nadie sabía cuántos, tenía concedida la invalidez laboral. Todavía recordaba el juicio que tuvo que soportar ante el tribunal. No bastó con el sinfín de certificados médicos que presentó, ni con el testimonio de jefes y compañeros que declararon que la situación en la oficina era extrema. No, no bastó, tuvo que pasar la humillación de verse observado por todo el tribunal y sus adjuntos. Los médicos declararon: -“esa dolencia la tiene cierta población, muy reducida desde luego, y obedece a determinados y distintos orígenes, más o menos complicados, más o menos graves, pero la del señor Chopieta no; la del señor Chopieta es muy extraña. No se sabe de dónde viene ni a dónde podría conducir en un futuro más o menos próximo. Además, cada vez va a más. El historial marca que todo empezó cuando era pequeño. Con molestias menores, y ahora ya ven ustedes”-. Pero de poco sirvieron los dictámenes de los doctores; en un momento determinado, el presidente y el secretario de la sala se levantaron para observarlo de cerca. Se pusieron a menos de medio metro y le preguntaron -“¿Señor don  Ramón Chopieta Berenguer, jura usted que no puede parpadear bajo ningún concepto y que sus continuos manejos de manos son irreprimibles?”- Gómez en ese preciso instante miró hacia atrás, puesto que al no reconocerse en el nombre nombrado por el presidente quiso buscar al tal Chopieta. Desconcertado, los dos letrados se miraron con incredulidad y decidieron tácitamente acercase más al examinado Chopieta. Esta vez a escasos centímetros de su cara. Gómez alargó el cuello a modo de tortuga como si en su interior  hubiese escuchado alguna instrucción inconclusa y se quisiera enterar mejor, lo otros dos, por mimetismo hicieron lo mismo, por lo que la distancia ente los tres se redujo grotescamente. La fatalidad quiso que, en ese preciso instante, Gómez alzase la mano para taparse los ojos. El golpe en la nariz del presidente fue casi de arte marcial, de abajo hacia arriba, provocándole una pequeña hemorragia. El secretario, petrificado, sólo reaccionó al recibir tres bofetones fruto de las tres volteretas de la mano izquierda. Transcurrido unos instantes de desconciertos y con más precauciones, volvieron al intento, no sin antes haber cuchicheado entre ambos. Tenían una duda ¿y si Chopieta parpadeaba justo cuando ellos parpadeasen?, no se darían cuenta. Decidieron que el presidente miraría a Chopieta y el secretario miraría al presidente, para, a la vez, poder ver si éste parpadea. El experimento fue resuelto en poquísimo tiempo, dado que a Gómez le entraron ganas de “parpadear nuevamente”. Como corolario una nueva hemorragia para uno y unas sonrojadas mejillas para el otro. Gómez, ante aquello, no pudo dominarse. Perdió los estribos y se puso a gritar que no podía parpadear, que no podía siquiera cerrar los párpados,¡nunca! ¡nunca! Y se puso a llorar, a su manera, claro, dado su imposibilidad para volcar una sola lágrima emitía unos sonidos sobrecogedores que parecían salir de sus más profundas entrañas y que recordaban a un león marino en celo.

Salió de la sala del tribunal primero, y del edificio administrativo después, sintiéndose más que observado. Con la humillación colgada como un San Benito corría más que andaba buscando el refugio de su casa. Llegó, se vendó y se acostó. Creemos que no se levantó en varios días, solo, y a tientas, para usar el baño. Días después se enteró de que le habían concedido la invalidez.





Gómez se siente muy sólo, no tiene familia. Es huérfano desde la infancia, igual que su hermana, la del convento. Por no tener  no tiene ni mascota, una vez tuvo un pájaro, pero imagínense ustedes como pudo terminar la historia. Por eso se entretiene en lo cotidiano, para alargarlo, para prolongarlo al extremo. Por eso sus tiempos en el café le parecen interminables a Sara, la amable camarera que le atiende normalmente y a la que Gómez, a veces, trae por la calle de la amargura. En una ocasión, en una de sus espirales de aspavientos, llegó a cogerle una teta, una noventa y poco para más datos. Él se sonrojo sobremanera, ella hizo como que no pasó nada. Gómez soñó esa noche que era Chopieta y que no cogía una teta, sino las dos.

Eran muchos los altercados que ocurrían en el Café Bulevar. El café derramado, el periódico arrugado hasta el extremo, los pantalones manchados al salir del servicio, la bandeja de Sara que volaba con los restos de varios desayunos… el tic sobrevenía en el momento más inoportuno.



El problema, su problema, lejos de mermar en su intensidad iba in crescendo. Cada vez peor. Gómez intentaba recordar cuándo le empezó toda aquella terrible pesadilla. Era muy pequeño, casi ni se acuerda, y le afectaba pero no en un grado extremo. Poco a poco, con el transcurrir del tiempo, la cosa fue empeorando. Hasta llegar e la situación actual; la peor, por supuesto. Ya no sabía si lo más infame era aquello o el progresivo deterioro de su estado de ánimo; también cada vez más lastimoso.



La situación llego a su clímax un día cuando, raro en él, decidió comprar un cupón de la Once, quizás por matar el tiempo, quizás por entablar conversación. El ciego vendedor palpaba la ristra de cupones que tenía colgados con un alfiler de ropa de una especie de trípode casero. Trasteaba con cierta parsimonia cuando, de repente, Gómez tuvo otro parpadeo. Rompió por los menos cinco o seis tiras, derribó el soporte, abofeteó al ciego y de los nervios se puso a taconear, como en una especie de rabieta infantil. De un grupo de japoneses que pasaba cerca se aproximaron dos o tres, los cuales no paraban de tirar fotos mientras exclamaban olés, confundiendo todo aquello con una suerte de baile flamenco callejero. Un transeúnte que pasaba por allí cogió a Gómez por la solapa, pensando que estaba atacando al pobre ciego. Gómez, coronado de nervios, volvió a lo suyo y volvió a tirar las ristras  de cupones, a golpear al ciego, a pisotear al transeúnte y a emitir esos sonidos guturales tan suyos. La cosa no fue a más, pero, a partir de entonces, evitó pasar por aquella calle.



Un día cualquiera llegó a la cafetería, aun desde la acera vio a Sara que le sonreía tras la cristalera, ¿o quizás fuese a otro cliente? Se puso nervioso, se acordó de la teta y vio su propio reflejo sobre el cristal; primero se tapó los ojos con la mano derecha, después la mano izquierda bajaba la diestra hasta la cintura, acto seguido la siniestra dio tres volteretas a la par que taconeaba seis o siete veces. Emitió aquel sonido sobrecogedor y salió despavorido. Lo último que vio fue su propio reflejo y la silueta de Sara.



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Hipólito es el conductor de la línea cinco. Lleva más de treinta años de oficio. Y por lo menos cinco o seis en esa ruta. Nunca había tenido ningún percance grave, tan sólo alguna incidencia menor, un pequeño frenazo, una parturienta que rompe aguas… Ahora, con el público del autobús desalojado, no cesaba de mesarse hacia atrás, nervioso, muy nervioso, su escasa cabellera. Casi lloraba de la impresión. No paraba de moverse de izquierda a derecha y de derecha a izquierda mientras un policía le tomaba declaración. –“No sé ni como ocurrió”-, dijo al agente mirando el bulto tapado con una manta  -“No sé ni como ocurrió, sólo sé que de repente se me vino encima este pobre infeliz, quizás ni me vio, iba haciendo cosas muy extrañas, moviéndose de forma extravagante”-.

 © 2011 Xilos. Todos los derechos reservados.  Registro de la Propiedad Intelectual -Safe Creative-  nº 1011207898139

sábado, 24 de noviembre de 2012

Por fin (autor Xilos)

Gerardo Ruiz Sabino, harto y ahíto de tanta penalidad  y tanta desgracia, no se le ocurrió otra cosa que, con sus propias manos, intentar estrangularse.
Y decimos “intentar” porque, según nos contaron más tarde, cuanto más se apretaba menos aire tenía, cuanto menos aire tenía menos resuello y menos ímpetu, entonces las fuerzas se venían abajo, los miembros se veían reducidos en su fortaleza y, por ende, menos estrangulaba, más aire que tomaba, y más aliento que tenía el pobre de Gerardo. Y así anduvo en este funesto bucle hasta que alguien, de un par de manotazos, le apartó esas garras de su gaznate.

Pero mucha era la pena de Gerardo, así que no cejó en su intento, volvió a su casa escogiendo esta vez una larga cuerda y el enclave de una lámpara de techo.

Primero no calculó bien la dimensión de la cuerda, por lo que en el primer salto desde el banquito más bien pareciera un crío jugando al rebote; en el segundo salto, y tras ajustar la cuerda, obviamente, se rompió la sujeción  de la lámpara. Hastiado, desde el suelo, y quitándose de encima el lío de cuerdas que le cubría, vio la ventana abierta, se puso de pié y corriendo se lanzo sobre ella. Tarde se dio cuenta de que había puesto recientemente rejas…

Con el cuello enrojecido, las rodillas hinchadas y la cara algo amoratada, salió desesperado a la calle, entro en una farmacia y compró con su recetario hipotensores, somníferos y no se sabe cuántas cosas más.
Se las tomó todas, de golpe.

Ya sentía una especie de fatiga, un hormigueo, una dificultad al respirar; ya venía el desvanecimiento cuando un fuerte olor le hizo mirar hacia abajo… había pisado un excremento de perro; por sus dimensiones, por lo menos, de San Bernardo…. Le cubrió hasta los calcetines…. El vómito no se hizo esperar.

Gerardo Ruiz Sabino,  harto y ahíto de tanta penalidad  y tanta desgracia, se sentó en la terraza de un bar. Mientras daba una larga calada a su cigarrillo miró la cajetilla de tabaco y leyó: “Las autoridades sanitarias advierten: Fumar Mata”. Entonces sonrió por primera vez en mucho tiempo.



viernes, 2 de noviembre de 2012

Las dudas de Maxi (Autor Xilos)

Maximiliano, Maxi para los amigos, era de ese tipo de personas que no terminaban jamás de centrarse a la hora de tomar una decisión.
Siempre indeciso, dudoso, apurado.
Nunca sabía si ir o venir, si entrar o salir, si hablar o callar.
Maximiliano, Maxi para los amigos, siempre nadaba en un mar de dudas…hasta que un buen día vino una oleada de interrogantes y se ahogó entre sus propios titubeos.

jueves, 11 de octubre de 2012

La ventana (autor Carlos Ávila Ruiz - Premio Plutón 2012)


LA VENTANA




¡Por fin llegó el día! El ruidoso martilleo constante que provenía de la calle no distraía a Suárez que, con la meticulosidad de siempre, aplastaba y adhería a las yemas de sus dedos las miguitas de pan que desprendía el bocadillo al mordisquearlo. Era la hora del desayuno y desde que el señor Palao padre nos prohibiera bajar a la calle, porque afirmaba que “entre el cafetito y el cigarrito se nos iba más que un ratito”, cada cual desplegaba sus viandas sobre el escritorio donde trabajaba y reponía fuerzas. Suárez, de “Automóvil”, con un enorme bocadillo y el termo de Cola Cao, González, de “Vida y decesos”, siempre amante de lo sano,  con su par de manzanas, Martínez, de “Hogar y comunidades”, con la media docena de galletas María, y Juanito, de “Comercios”, con su tartera naranja, o algo parecido, de la que se desprendía aquel fuerte olor que impregnaba rápidamente la entera atmosfera de la oficina. Y es que  Juanito, desde hacia casi un año, siempre desayunaba lo mismo. Esto le deparó algunos problemas,  tanto con sus compañeros como el con el señor Palao padre. Por aquellas fechas, Navidades, Juanito compró en Mantequerías La Real algunos gramos de embutidos de calidad y una botella de Jumilla para celebrar la nochebuena. Al fin y al cabo, sin familia cercana ni amigos con quien celebrar la festividad, que menos que darse algún lujo, pensó. Al ir a pagar a la caja, la dependienta le insistió en que comprara un numerito para el sorteo de algunas cestas navideñas y otros comestibles de la sección gourmet. La timidez de Juanito le impidió decir que no y al instante se vio mirando a la dependienta con cara de tonto, media sonrisa estúpida en los labios, el numerito en la mano y cinco duros menos en el bolsillo. El día de Navidad, y como resultas de aquella involuntaria decisión, se vio cargando hacia su pisito de soltero con media barrica de arencas ahumadas que con gran regocijo de la dependienta y revuelo entre las clientas le fue entregado como afortunado del quinto premio.  Desde entonces,  y cual si de morsa se tratase, la arenca compone básicamente su dieta alimenticia diaria. Algunos compañeros de la oficina se habían quejado del mal olor que dejaba el amojamado pez e incluso el señor Palao padre se sentía molesto ante aquella ofensa aromática con que se enfrentaba él mismo y los clientes cuando cruzaban la oficina en busca de su despacho situado al fondo norte de la misma. Al final, en vista de que aquella situación se tornaba cotidiana, le llamó la atención públicamente: “… y como usted comprenderá, mal casa recibir a nuestra distinguida clientela sobre las nobles maderas del parquet (de su despacho), rodeados de antiguos tapices (también de su despacho) y esta espantosa fetidez a pescado”. Juanito contraatacó argumentando que al ser el más moderno de la oficina no contaba entre sus emolumentos con los complementos de antigüedad ó mejoras varias, de que disfrutaban sus otros compañeros, ya que aquellos fueron suprimidos del convenio. Por tanto su salario reducido no le permitía más dispendio que el aprovechar cualquier utilidad que se pusiese a tiro de su menguado bolsillo. Aquellas razones convencieron al jefe y a la parroquia y desde entonces padecemos diariamente el ataque oloroso de aquel desayuno con el deseo de que más pronto que tarde el contenido de la barrica llegue a su fin.
Hace un rato, don Serafín, contable general y mi jefe hasta hoy, salió del despacho de Palao hijo en donde estuvo  aclarándole algunos asuntillos que se quedaban pendientes. Era su último día de trabajo. Ya había pasado por el despacho de Palao padre que como premio a sus más de cuarenta años de servicio a la empresa le había hecho entrega de un reloj de pulsera. El Cauny oro que como mínimo esperaba, y con el que obsequiaron a Marcial el cobrador hace dos años cuando se jubiló, se tornó por mor de los tiempos  en un Cassio digital en cuya esfera aparecía el nombre de la empresa “Palao e hijo,  Correduría de Seguros” y el número de teléfono. Hombre de pocas palabras y después de enseñárnoslo se metió la caja en el bolsillo de su chaqueta al mismo tiempo que nos daba las gracias por la pequeña placa en plata que le regalamos entre todos y que rezaba: “De tus compañeros de Palao e Hijo” y la fecha. La colecta que hicimos no dio para más leyenda.
Una vez se despidió de todos cogió su gabardina y su maletín, me dijo que nos veríamos el jueves próximo para darme eso que yo ya sabía y salió de la oficina como siempre, sin hacer un ruido. Yo ya esperaba con ansia que Palao hijo saliera del despacho y oficialmente se me comunicara que desde ese día me competía la responsabilidad contable de la compañía y al mismo tiempo mudara mis cosas a la mesa que hasta entonces ocupó don Serafín. La mesa era igual que las demás, vieja y ajada,  pero no su situación. Era la única de la oficina, excepto la de los despachos de los dueños, que estaba junto a una ventana que daba al exterior. Ésta se asomaba desde un primer piso al Pasaje Granada, una callecilla estrecha de sentido único de circulación que unía la Avenida de Sor Quintana con la Plaza del Mandil.
La ventana, por la que a pesar de estar cerrada seguía siendo traspasada por el percutir de alguna maquinaria, no era cosa de otro mundo, un ventanuco separado por apenas cuatro metros de la grisácea fachada sin ventanas del edificio de la telefónica situado enfrente. Esa mole impedía el paso de la luz del día y obligaba al uso permanente de tubos fluorescentes para iluminar la estancia y evitar que la penumbra se apoderase de ella. No obstante tenía un encanto especial, un encanto del que don Serafín disfrutó hasta hoy y del que yo sería usufructuario a partir de mañana y hasta mi jubilación.
Hace un año o algo así, sobre la fecha en que Juanito fue agraciado con las arencas, don Serafín me hizo participe de su secreto: “…Ramírez, después de doce años como mi ayudante de contabilidad le tengo como persona integra y cabal, por tanto capaz de guardar el sigilo necesario sobre todo cuanto voy a contarle ahora ­-asentí con la cabeza- necesito su ayuda para seguir en la elaboración de un trabajillo, llamémosle estadístico,  que llevo haciendo desde hace mucho tiempo y en horas de trabajo. Le aclaro que no tiene nada que ver con la empresa, insisto, nada que ver…” Le interrogué con la mirada esperando la conclusión de su relato, se le enrojeció el rostro y miró de soslayo a su alrededor buscando la presencia de cualquier persona ajena a la conversación. No hallándola concluyó: “Ramírez yo…cuento coches”.
Casi veinte años llevaba don Serafín controlando el tráfico rodado por el Pasaje Granada y ninguno lo sabíamos. Lo que empezó siendo un entretenimiento para matar las horas entre asiento y asiento terminó convirtiéndose en un estudio concienzudo sobre la evolución del parque automovilístico nacional a escala reducida. Me contó que Palao hijo, desde que se incorporara a la empresa paterna, le llamaba continuamente al despacho a consultarle una serie de tonterías y estupideces que ponían de manifiesto el  poco provecho que sacó a los casi diez años que dedicó a obtener su licenciatura en Económicas. Con todo ello, cada vez que don Serafín abandonaba su mesa para escuchar las paparruchadas del vástago, también dejaba de controlar el paso de tráfico y esto era un asunto que le quitaba el sueño. Entonces me encomendó, si así lo aceptaba de buen grado, que me encargara del control automovilístico del pasaje durante su ausencia ocupando su mesa con pretexto de consultar algún documento, en caso contrario me rogaba que no lo comentara con  nadie ya que le daba cierto apuro desvelar este secretillo. Acepté inmediatamente el encargo sin dudarlo un instante al tiempo que me invadía una oleada de felicidad que nunca había sentido con anterioridad.
Pocos días después de aquella conversación don Serafín me invitó un domingo a merendar en su casa. Acabado el café y las magdalenas que doña Angustias,  su oronda esposa, nos puso por delante, fue a su cuarto y volvió con un enorme libro de diario contable que puso sobre la mesa, con mucha reverencia, y de tal manera que pudiéramos verlo entre los dos. Casi página a página me fue desgranando el fruto de su trabajo. El primer año tan solo anotó los vehículos que pasaban por la calle, turismos, motocicletas, camiones, furgonetas o motocarros, solo descartaba los de tracción animal. Descubrió entonces que lunes y viernes eran los días en que el tráfico resultaba más intenso. Al año siguiente, con buen criterio a mi juicio, decidió que controlaría solamente el paso de vehículos turismos, pero completando la cantidad con la marca y modelo de cada uno. Esto le llevó a don Serafín a convertirse en los diecinueve años siguientes en un conocedor experto del parque automovilístico nacional. Tenia que estar al tanto de la producción, novedades, mejoras e innovaciones, tanto de la industria nacional como la derivada de la balanza comercial. Esto le ayudaba a reconocer inmediatamente a cualquier vehículo que se adentrase en el pasaje. Devorador de todas las revistas, españolas y extranjeras, especialistas en el mundo del motor, de las que me dio nombre para que las suscribiera de inmediato, sentía una enorme satisfacción cuando reconocía circulando por la calle a alguno de los vehículos que acababa de salir al mercado. Quedé maravillado en la lectura de aquel libro que, llegado el momento, se me encomendaría para su custodia y confección y al que al que consideré sagrado desde entonces. En aquellas páginas se acumulaban días de trabajo con sus resúmenes mensuales y anuales que daban fe del ranking de los modelos que más circularon por el pasaje. Así los Dauphine, los Seat, 1400, 1500, 600 o 850 fueron desapareciendo de los primeros puestos dando paso a los 124, 127, Renault 5, Ibiza, Kadet o Clios. Ante mis ojos pasaron las cifras que contaban como el número de vehículos que pasaron hace quince años se había multiplicado por cuatro o de como aumentaba el número de modelos que ponían los fabricantes en el mercado. Novedades pasadas, como los 1430, Simca 1000 o 1200, Citröen GS, Peugeot 205, Crysler 150, R8, R10, Ritmo, Fura, Horizon, Samba, Ronda, R12, Fuego y un larguísimo etcétera, que tan felices hicieron a sus compradores el día en que los estrenaron,  estaban allí registrados. Me trajeron tantos felices recuerdos de juventud y de mi olvidada afición por los coches que ardía de deseos en empezar con la tarea. Al final de la tarde, don Serafín, ceremonialmente y con alguna lagrimilla en los ojos, me hizo prometer que continuaría  fielmente con el trabajillo en el futuro y que iría a su casa de vez en cuando a mostrarle los resultados una vez estuviese jubilado. Así se lo prometí y con el llanto contenido por la emoción salí de su casa.
Por fin Palao hijo abandona su despacho, se dirige a mí para comunicarme mi nueva responsabilidad y la mesa que he de ocupar desde ese día. Aprovecha la ocasión para lanzarme un discursillo sobre la necesidad de una contabilidad que refleje fielmente la imagen tanto económica como financiera de la empresa y todas esas zarandajas que aprendió en la facultad. Recojo mis cuatro cosas y las sitúo sobre la despejada mesa de don Serafín. Antes de sentarme miro a través de la ventana hacia el pasaje. Un operario con un chaleco fosforescente y un casco amarillo embiste la calzada con un martillo hidráulico. ¿Qué están haciendo? –pregunto a Suárez. El pasaje –responde sin levantar la cabeza- que lo hacen peatonal.